Mi Buenos Aires es sólo recuerdo. Además, parcial y subjetivo. En los últimos 23 años, 6 meses y 13 días estuve en Buenos Aires, de cuerpo presente, 45 días.
No sé nada de aquella ciudad que me circulaba por las venas. Todo es recuerdo. Creo que fui conociendo la ciudad como una forma de alejarme de la casa de mis viejos.
Se me fue la mano: a los 21 me casé y me fui a vivir a la casa de mis suegros. Por las razones que hayan sido, aquello duró poco; entonces sí, buscando mi propio horizonte encontré el centro de Buenos Aires.
Empecé a trabajar en una agencia de publicidad en la que vi -no me atrevo a decir que conocí- a Enrique Wernicke. Era el primer escritor édito que conocía en vivo y en directo. Encima era un auténtico “maldito” nacional. Yo lo espiaba, sabía que tomaba su primera ginebra a las 10 de la mañana, “para estar lúcido”, llegó a decirme un día.
Era algo generacional, supongo, porque Luis Lucchi decía cosas parecidas, como que estando sobrio era un imbécil, que bebiendo adquiría lucidez. Opiniones personales y parecidas.
Ya ni me acuerdo de cómo me enteré de que El Grillo de Papel, grupo literario y revista, se reunían en el Café Tortoni. Fui recibido medianamente bien, como el nuevo, como el aspirante a nuevo. En aquella época, con aquella remota edad, me interesaba más ver a los escritores que leer o escuchar lo que escribían.
Me acuerdo de que Humberto Costantini aparecía por ahí. Era veterinario, y le gustaba decírselo a todo aquel que lo escuchara. Pero el liderazgo lo tenía Abelardo Castillo y era indiscutible. Nunca nos caímos bien. A mí me costó empezar a hablar en aquel grupo, bastante numeroso. Con el tiempo leí algún relato y un par de poemas, pero lo que más recuerdo fue la primera reunión después del nacimiento de mi hijo Pablo.
Yo no entendía muy bien eso de ser padre. Castillo me preguntó: “y qué tal el pibe”, y yo le dije “muy bien, pesó 3 kilos 750 gramos”, y ahí me dijo: “y con eso no me decís nada”. ¿Cómo nada? El más flaco de todos nosotros pesaba más de 50 kilos, una persona de menos de 4 kilos era rara, no “nada”.
No sé, a mí desde pendejo me preocupaba la calidad humana de los intelectuales y, de verdad, lo que estaba empezando a ver no me gustaba nada.
Después El Grillo se convirtió en El Escarabajo de Oro y hubo movida entre los directores, no quedó la misma gente. Para esa época el negro Patiño
me invitó a una reunión de El Barrilete.
Aquello ya fue otra cosa. El pelado Santoro encandilaba. Nunca había visto, ni leído, a alguien que se tomara el oficio de poeta tan en serio.
Trabajaba las palabras, los versos, los ritmos, el sentido, en fin, era un trabajador a conciencia, lo curioso es que su poesía siempre se leía con poco esfuerzo,
ese era el testimonio de su gran trabajo. También estaban, Martín Campos (un heredero de los malditos), Horacio Salas, y el increíble Felipe Reisin, el que señaló definitivamente que el bandoneón sonaba triste porque hizo un viaje demasiado rápido entre Westfalia y Balvanera. Rafael Vásquez (con ese) y Alicia Dellepiane Rawson.
Había muchos más, pero mi recuerdo es guiado por mis afectos de aquella época.
Ahora los afectos son distintos, claro, pero es que todos somos distintos, algunos están tan distintos que hasta se murieron y, a veces, sin aviso.
El espacio es reducido, pero sirve como contención ya que éste no es más que el embrión de lo que yo vi, en el mundo literario de Buenos Aires, hasta que no vi más nada porque me encarcelaron y me obligaron al exilio que continúa todavía hoy, porque el exilio es un tajo, no hay forma de recuperarse.
“Salimos a remontarnos”
Esa era la consigna del grupo Barrilete. Estaba escrito en la cola del barrilete que hacía de logotipo. Ahora, a más de 35 años de distancia, pienso que no nos dimos cuenta de que el piolín no era elástico, pero en aquellos años los límites eran el desafío, eran como la soga, estaban para saltárselos.
Santoro trabajaba en el Sindicato de Músicos, tal vez por eso empezamos a pensar en la SADE (Sociedad Argentina De Escritores) como en nuestro sitio natural, tenía que ser nuestro sindicato. Éramos todos escritores, “rantes” por vocación, “muchachos de barrio” que escribían poesía, y no teníamos por qué hacernos a un lado y dejar nuestra casa sólo para los ¨Aristócratas de la Literatura¨.
El principio era asociarnos y para eso había que tener, como mínimo, un libro publicado. Nos hicimos Editorial. En realidad eran ediciones de autor, pero con el sello de Editorial Barrilete.
Por este motivo, en 1965 publiqué mi primer libro: “Lo que duele“. Hice la presentación en la librería Falbo, en una Galería de la calle Florida.
Aquello fue muy curioso. Falbo sabía organizar esas presentaciones, había mucha gente, recuerdo la presencia de Bernardo Verbitsky porque después me escribió una carta comentando poemas de mi libro y dándome mucho ánimo, y la del político Juan Carlos Coral que editaba un periódico: “Los de abajo“,
en el que publiqué un artículo, típico de aquella época, titulado, ni más ni menos que: “El acto cultural más importante es la revolución.”
También cantó, acompañada a la guitarra por Oscar Matus, su marido y editor, en esa época, su primera época, Mercedes Sosa. Algún tiempo más tarde Matus nos editó un disco con poemas de Santoro, Patiño, Margarita Belgrano y míos. Los músicos eran, como nosotros, pibes que empezaban: Núñez Palacio a la guitarra y Oscar Mederos al bandoneón. Se llamó Buenos Aires vuelta y vuelta. No tengo ni uno. Y por no tener, no tengo recuerdo del nombre del genial diagramador e ilustrador de las tapas. Le pido disculpas.
Cuando me secuestraron quemaron todos mis archivos, como para que no quede de mí ni la memoria.
Desde acá, 2001, parece que todos éramos “pibes que empezaban”, porque en la presentación de un libro con Faja de Honor de la SADE -cuando estaba en la calle Méjico, en una casa colonial, con aljibe y todo- también cantó una muchacha que estaba empezando: Susana Rinaldi.
Lo difícil es describir el entusiasmo y la pasión con que vivíamos cada hecho, y eran muchos, tantos que se entremezclan. En lo que cuento hay algunas alteraciones
cronológicas -no más de algunos meses o algún año- debidas a la falta de ficheros y a la intensidad de cada etapa.
Una fue la anterior a Onganía, la siguiente llegó hasta el 73 y la última, la que parecía la del triunfo, culminó con el secuestro, el asesinato, la desaparición,
o el exilio de casi todos los integrantes de nuestro grupo y de nuestra generación.
Pero no lo sabíamos, y cuando lo supimos ya no podíamos parar. “Salimos a remontarnos” y en eso estábamos.
Vuelvo atrás. Onganía todavía estaba en algún cuartel. Nosotros queríamos desarrollarnos como escritores entendidos, como trabajadores de la cultura.
Y como trabajadores queríamos nuestro sindicato y ahí estaba: la SADE. Estábamos en plena campaña de afiliación y no era fácil.
Los escritores jóvenes se mostraban reacios y los no tan jóvenes desconfiaban de nosotros. Éramos raros. Distintos.
En nuestra revista publicábamos a los poetas del tango, a Discépolo, Homero Manzi, Evaristo Carriego, y otros. No era muy usual verlos en revistas literarias.
También visitamos en su casa a Leopoldo Marechal, que nos recibió con su mono de obrero puesto y nos dijo que lo hacía siempre que se ponía a escribir, para él la escritura era un trabajo, y se ponía el mono para trabajar. Como cualquiera.
Después sí vino el golpe de Onganía, y empezaron los resquemores. Algunos eran más cuidadosos que otros. En Barrilete publicamos nuestro repudio y algunos de los integrantes se fueron. Nada que reprocharles. Ahora. En aquel momento nos puteamos. Los que nos quedamos nos fuimos haciendo más radicales.
En algún momento alguien trajo unos poemas que habían escrito en Salta algunos integrantes de la guerrilla de Massetti. La discusión fue muy dura.
De pronto entró en cuestión el tema de la calidad de los escritos publicables en Barrilete. Nos dábamos manija entre nosotros y la mayoría decidió que había que publicarlos por su valor testimonial, no por su valor poético. Eran cosas de aquella época.
El pelado Santoro, fundador de Barrilete, se fue, junto con otros cuantos. Nos quedamos Patiño, yo, y algún otro.
Y comenzó otra etapa, la anteúltima.-